Hemeroteca del mes enero 2026

Si te pesa la ciudad, no siempre es falta de carácter. A veces es el cuerpo diciendo “basta”: demasiada prisa, demasiada pantalla, demasiado ruido, demasiada alerta. Y ese cansancio, cuando se cronifica, deja de ser cansancio y se parece a otra cosa: insomnio, irritabilidad, ansiedad sostenida, tristeza que no se explica, fatiga mental, dificultad para concentrarse.

La salud mental ya no es un tema “de minorías” ni una moda. La OMS resume que más de mil millones de personas viven con trastornos mentales y que el mundo necesita escalar servicios con urgencia. En la Unión Europea, antes incluso de la pandemia, se estimaba que 1 de cada 6 personas tenía problemas de salud mental, con un coste social y económico enorme.

España aparece en esa misma corriente. El INE, en la Encuesta de Salud 2023, señala que los cuadros depresivos severos aumentaron y alcanzan al 8,0% de la población de 15 y más años. Y UNICEF recuerda que, a escala global, una proporción relevante de adolescentes convive con trastornos mentales, en una etapa especialmente vulnerable.

En este contexto, es comprensible buscar “el fármaco” que lo arregle todo. Pero la ciencia y la experiencia clínica nos obligan a una frase incómoda: no hay una única palanca. La medicación es esencial cuando corresponde; la psicoterapia basada en evidencia, también; la red social y comunitaria, muchas veces es decisiva. Y, además, está el entorno: el lugar donde dormimos, respiramos, caminamos, trabajamos y convivimos.

Porque el cuerpo no vive solo de ideas: vive de señales. El ruido crónico, por ejemplo, no solo molesta; se asocia a molestia/estrés y a alteraciones del sueño, entre otros efectos. Y la evidencia sobre espacios verdes describe vías plausibles de beneficio: relajación psicológica, alivio de estrés, más actividad física, menor exposición a determinados estresores ambientales.

Con esta base, lo que se plantea aquí no es un eslogan, ni una promesa de curación, ni un “váyase al monte y se arregla”. Es algo más sobrio: preguntarse si hay territorios donde bajar el pulso resulta más probable, y donde la vida cotidiana deja de apretar el mismo nervio cada minuto.

Os Ancares Lucenses —y, dentro de su mosaico, los núcleos de Cancelada y el entorno de la cuenca del Donsal— tienen algo que no se fabrica: una geografía que regula. Laderas y valles, sierras a la vista, montañas intermedias, horizontes largos. Carreteras estrechas, sí, de montaña y con prudencia; pero también una circulación que rara vez impone esa agresividad acústica y emocional de la gran urbe.

Aquí el silencio no es vacío: es una materia viva. Lo oyes en el río, en los regatos, en pequeñas cascadas que no “actúan” para nadie y, sin embargo, sostienen una calma profunda. Lo oyes en el viento moderado, en la madera, en el paso. Y eso, para un sistema nervioso saturado, puede funcionar como una primera ayuda: menos micro-alarmas, menos sobresalto de fondo, más margen para descansar.

El verde, además, no es decorado: es alfombra. Musgos y helechos, flores estacionales, bordes de camino, claros de bosque, prados que cambian de tono con la luz. Caminar por sendas y caminos en un paisaje así tiene un efecto sencillo y poderoso: devuelve el cuerpo a su ritmo. No porque sea magia, sino porque el cuerpo entiende esa señal: “no hay amenaza constante”.

El clima —como en toda montaña atlántica— es variable por orientación y altitud, con estaciones marcadas, lluvia y episodios fríos. AEMET permite consultar predicciones y referencias locales para Becerreá, con umbrales, valores y episodios. Por eso, hablar de “clima benigno” exige matiz: benigno no significa fácil; significa, para muchas personas, habitable si hay vivienda adecuada, calor, planificación y rutinas. Y esa “rutina” es medicina silenciosa.

Si la idea es residencia estable o temporal, conviene ser precisos: nadie vive en una senda; se vive en núcleos. El valor está en Cancelada, parroquias ribereñas, aldeas próximas y villas con servicios, desde donde se accede al paisaje sin convertir la vida en una expedición diaria. Esa concreción —vivir donde se puede vivir— es parte de la seriedad del planteamiento.

Para quien busca recomponer su vida, también importa el tipo de actividad. Aquí es posible combinar teletrabajo donde ya existe conectividad suficiente con trabajo físico útil: huertos, frutales, prados, sotos, colmenares, pequeñas labores de mantenimiento. Y, además, hay oficios demandados que vuelven a ser columna vertebral: carpintería, fontanería, electricidad, desbroces, leña, reparaciones. No es solo economía: es sentido. Es terminar el día con algo tangible hecho, y dormir mejor porque el cuerpo participó.

La atención sanitaria no puede omitirse en un texto responsable. En Becerreá hay Centro de Saúde (SERGAS), referencia primaria indispensable. Y para lo especializado, se requiere un plan realista de accesos y continuidad, especialmente si hay diagnósticos ya establecidos o riesgo. El entorno puede ayudar, pero no sustituye seguimiento clínico cuando es necesario.

Incluso los indicadores demográficos invitan a pensar sin triunfalismo. En 2023, Galicia y la provincia de Lugo se sitúan en valores altos de esperanza de vida, y el promedio de la UE se mueve en cifras inferiores (81,4 en 2023; estimación 81,7 en 2024). Esto no prueba una causalidad simple —sería un abuso—, pero sí refuerza una idea: estamos ante territorios donde, pese a durezas históricas, la vida puede sostenerse con calidad cuando hay comunidad y hábitos.

Al final, lo decisivo es no engañarse: quien llega buscando un “bálsamo” no debe venir a huir de sí mismo, sino a cambiar condiciones de vida para que lo terapéutico tenga suelo donde agarrar. En ese sentido, Cancelada y el entorno del Donsal ofrecen algo raro en el siglo XXI: un lugar donde el ruido no manda, donde el agua y el verde ocupan el primer plano, y donde el cuerpo —por fin— puede dejar de defenderse a cada minuto.

Y si esto se lee como propuesta, que sea así: una opción habitable, seria, verificable, sin milagros ni propaganda. Una manera de vivir —estable o por temporadas— que puede ayudar a bajar la presión, reducir la sobrecarga, y devolver al corazón, al alma y al cuerpo un ritmo más humano. Sin prometer curación: prometiendo, como mucho, una posibilidad real de empezar mejor.

Fuentes: OMS, “Over a billion people living with mental health conditions…” (02/09/2025). · Comisión Europea, Comunicación COM(2023) 298 (1 de cada 6; €600bn; >4% PIB). · Comisión Europea, “A comprehensive approach to mental health” (09/10/2023). · INE, “Encuesta de Salud de España 2023” (depresión severa 8,0%). · UNICEF, SOWC 2021 y datos de salud mental adolescente. · OMS, guía/compendio sobre ruido y salud. · AEMA/EEA, ruido ambiental e impactos en Europa (2020/2025). · OMS-Europa, “Urban green spaces and health” (2016). · AEMET, predicción/umbrales Becerreá. · SERGAS, Centro de Saúde Becerreá. · Observatorio de Saúde Pública de Galicia/IGE (esperanza de vida). · Eurostat (UE 2023–2024).

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Vestigios presa minicentral de Quintá – patrimonio etnográfico

La cuenca del Donsal no se “explica” con un mapa: se comprende caminando. El PR-G 159 (Quintá–Río Donsal) funciona hoy como una infraestructura natural habilitada: guía al senderista por la orografía y lo conduce —con seguridad y lectura del territorio— hacia patrimonios, paisajes y sonidos cambiantes de la comarca de Cancelada. En pocos kilómetros se pasa de lomas y laderas a fragas y valles estrechos; de antiguos caminos de carro a tramos en paralelo al Donsal y al Navia; de horizontes abiertos a rincones donde el territorio se oye antes de verse.

1) Territorio y accesos: la cuenca como itinerario

El recorrido se mueve, de forma aproximada, entre 740 y 390 m de altitud, alternando pistas, sendas y pasos tradicionales. Ese “ir bajando” no es solo desnivel: es el relato físico de una cuenca. A medida que el relieve se cierra, aparecen los mayores valores ambientales: ríos y regatos, sotos de castaños, prados y lameiras, muros de piedray pequeñas obras hidráulicas que ordenan el terreno. Y, en el entorno próximo —a veces fuera del trazado inmediato— se suman hitos culturales mayores (castros y antiguas huellas mineras) que amplían la lectura del territorio sin saturar el camino.

2) Bosque y vegetación autóctona: sombra que sostiene

La dominante vegetal es clara: castaños (centenarios y, en casos singulares, milenarios) y robles, con sotobosque autóctono diverso (uces, xestas, tojo, brezos, carpanzas y otras especies). En las fragas —Baliñas, Son— la sombra mantiene la humedad y configura un continuo verde que no es “decorado”: es estructura ecológica.

En este contexto se aprecia con nitidez el “TAC vegetal”: musgos que tapizan roca, muros, troncos y suelo, y líquenes que marcan en cortezas y ramas un equilibrio silencioso. No es “verde bonito”: es humedad que permanece, ciclos que se sostienen y un microclima que explica por qué aquí el bosque “se pega” a la piedra.

Fraga encajada – sombra, musgo y cauce acompañan el paso

3) El Donsal y los regatos: microclimas y sonido

El Donsal y su red de regatos son el hilo conductor del tramo bajo y medio-bajo. En invierno y primavera el caudal acompaña buena parte del recorrido y deja una banda sonora constante: corrientes, pequeñas cascadas, remansos, pasos encajados entre piedra y raíces. Ese pulso no solo acompaña: también marca el comportamiento del sendero, porque donde el cauce se estrecha el paso aprende a respetar orillas y taludes, a entrar y salir sin herirlos.

Las presas de prado, canales de riego y aprovechamientos históricos (incluida la antigua minicentral de autoconsumo de Quintá, hoy en desuso) muestran una gestión comunitaria del recurso: conducir, repartir y aprovechar sin romper la lógica del valle.

4) Patrimonio cultural: etnografía en movimiento (y reseñas fuera de la senda)

Orografía, cursos vivos y patrimonio se enlazan tramo a tramo: muros, cierres, ouriceiras, molinos y elementos asociados al trabajo del campo. Fuera del trazado inmediato, iglesias y ermitas completan la lectura cultural del entorno. Y, como reseñas de mayor escala fuera de la senda, el territorio conserva memoria material de castros celtas y de antiguas labores mineras, huellas de poblamiento y aprovechamiento histórico que ayudan a entender el “por qué aquí” de la cuenca.

Algunos enclaves no se integran como punto visitable (por seguridad, conservación o por estar fuera de propiedad/uso), pero sí forman parte del relato cultural de Cancelada. Con referencias locales de poblamiento antiguo (se cita el año 411 como hito de memoria histórica), la ruta se convierte en una lectura caminada de la historia rural: no un museo, sino un territorio vivo donde cada obra pequeña —un canal, una presa, un muro— tuvo sentido colectivo.

Manos voluntarias – abrir, coser y mantener el sendero

5) Manos y mantenimiento: lo que hizo visible lo oculto

Todo lo anterior existía desde tiempo inmemorial, pero quedó oculto tras la llegada de las carreteras y la pérdida de uso de caminos. Desde 2009, el proyecto impulsado, ejecutado y mantenido por manos (voluntariado, dirección técnica y apoyo profesional) aportó la infraestructura vertebradora para el senderista: limpieza, pasos, puentes, señalización y mantenimiento.

Aquí está la diferencia entre “un lugar bonito” y un itinerario público: una cultura de cuidado del paso y de las orillas sin herirlas, para que la cuenca pueda ser recorrida —y entendida— sin degradarse.

Cierre: por qué Sendero Azul 2026

La candidatura a Sendero Azul 2026 no se apoya en un único rasgo, sino en un conjunto verificable: una cuenca legible, un itinerario coherente, un paisaje cambiante, patrimonio rural en uso interpretativo y una infraestructura de orientación y mantenimiento que permite caminar con respeto. El valor público del PR-G 159 está en ordenar la experiencia del territorio —loma, ladera, fraga, valle y núcleo— y convertir una suma de elementos dispersos en un recorrido seguro, comprensible, conservable y oxigenado.

Para quien no conoce la senda, el compromiso es claro: una ruta que guía y enseña a mirar. Para quien ya la camina, la responsabilidad también: transitar con cuidado, sostener el mantenimiento y preservar el equilibrio del conjunto. Y para entidades y administraciones, la oportunidad es común: respaldar una infraestructura ambiental y cultural que ya funciona y que puede consolidarse con rigor, continuidad y reconocimiento.

Señalización del PR-G 159 en roca (infraestructura de orientación)

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En muros, troncos, ramas y suelo: verde que sostiene y señales claras en la corteza

Hay verdes que solo decoran, y hay verdes que trabajan.

En el valle del Donsal, el verde que hoy domina -musgo, líquenes, helechos, humedad retenida- no es un color: es un sistema en marcha. Se pega a la piedra, se aferra a la corteza, entra en el suelo oscuro y convierte la senda y sus bordes en un cuerpo vivo que respira por capas.

Llamarlo ‘TAC’ no es un capricho ni un tecnicismo prestado: es una metáfora útil para mirar mejor. Un TAC no inventa el cuerpo: lo revela por cortes, mostrando lo que por fuera no se ve. Aquí ocurre igual: si observamos muros y roca, corteza y ramas, y suelo como ‘cortes’ del valle, aparece un diagnóstico comprensible para cualquiera: humedad sostenida + sombra estable + mantenimiento manual = más colonización y más expansión del musgo y del líquen.

Desde 2010 el cambio se percibe sin discusión: más superficies tapizadas, muros más vivos, bordes más blandos, y una continuidad de verde que aguanta incluso en estación fría. Y en la base de todo hay una idea sencilla: un camino bien mantenido no solo se camina; ordena el agua. Si drena sin herir, si evita que el suelo se descalce, si no revuelve el borde, el valle deja de perder tierra y empieza a retener vida.

1) Resultados del TAC vegetal: lo que dice el verde (por cortes)

Corte 1 – Muros y piedra: la humedad se queda

En muros de pizarra, restos de construcción tradicional y roca del paso, el musgo no aparece como una mancha casual: aparece como una capa. Primero una película, luego un tapiz, luego relieve. Esa secuencia revela algo sencillo: la piedra ha dejado de ser un plano seco y se ha convertido en un soporte que mantiene agua el tiempo suficiente para que la vida se instale. Donde antes el agua corría rápida, ahora cae en gotas lentas y persistentes. Y esa lentitud es fertilidad.

Corte 2 – Corteza y ramas: el líquen como señal discrete

El líquen es una alianza de vida mínima (un hongo con un alga o bacteria). Por eso puede vivir donde casi nada vive: en cortezas y rocas. Cuando aparece bien formado y continuo en árboles del valle (abedules, alisos, castaños, robles), está indicando algo simple, sin dogmas: estabilidad. Estabilidad de humedad, de sombra, de ciclos. No es un ‘sello oficial’ de pureza; es una señal de campo que suele fallar poco cuando un lugar sufre sequedad brusca, polvo recurrente o agresión repetida.

Corte 3 – Suelo: la alfombra oscura sostiene el conjunto

El suelo del Donsal no se explica por la superficie, sino por lo que hay debajo: hojarasca húmeda, materia orgánica lenta, temperatura amortiguada. El musgo actúa como una esponja fina: conserva humedad, suaviza los golpes del calor y del frío, y protege la microvida que hace fértil el terreno. Cuando el paso se mantiene con mano y criterio -sin maquinaria que revuelva, sin cortes violentos- el suelo deja de escaparse ladera abajo. Se estabiliza. Y cuando el suelo se estabiliza, el verde se vuelve más constante y más ancho.

2) Condiciones que explican el tapiz: caudal, estaciones y botica del borde

Parámetro A – El caudal: cuando el río ‘habla alto’

Este invierno el Donsal ha bajado con más cuerpo y, sobre todo, con más tiempo de mojadura. No es solo cuánta agua; es cuánto dura el suelo mojado. Ese detalle lo cambia todo: el musgo prospera donde la humedad no se interrumpe con facilidad. Las crecidas reordenan cantos, limpian canales, dejan orillas húmedas durante días y semanas, y crean microespacios distintos: roca salpicada, sombra permanente, recodos que nunca se secan. El río, por decirlo claro, corta y sutura: abre, deposita y vuelve a cerrar con vida.

Parámetro B – Las estaciones: el valle trabaja todo el año

• Primavera: el monte se enciende sin ruido. Brotan helechos, aparecen flores que sostienen insectos tempranos y el suelo responde. La humedad retenida del invierno empuja la colonización del musgo en bordes y muros.
• Verano: manda la sombra. En un bosque cerrado la evaporación baja, el suelo se defiende mejor y el líquen ‘aguanta’ hasta la tormenta que lo reactiva. El mantenimiento selectivo del paso (el que no abre heridas) permite tránsito sin destruir el borde húmedo.
• Otoño-invierno: cae la hoja como archivo y el verde no desaparece: se consolida. Si hay niebla, goteo y regato activo, el musgo no se apaga; se hace más denso. Esa continuidad explica el salto visible desde 2010.

Parámetro C – La ‘farmacia’ del borde: memoria práctica

En los bordes del camino hay plantas que la gente del país reconoció siempre por utilidad, no por moda. Sauces, saúcos, malvas, llantenes, ortigas… No hace falta recitar nombres latinos para entender lo esencial: un valle húmedo y estable produce una botica humilde, ligada a la vida cotidiana. Y el musgo, sin ser ‘para coger’, es una señal: cuando está fuerte y continuo, el microsuelo está protegido y la cadena pequeña -insectos, aves, polinización- tiene base.

Tradición no es receta médica; es memoria del territorio.

3) Diagnóstico (2010-2026): por qué el musgo y el líquen ganan terreno

Aquí no hay misterio: hay suma de condiciones que se refuerzan.

1. Continuidad de humedad: más días seguidos de suelo mojado (niebla, lluvias encadenadas, tormentas que vuelven).
2. Sombra más estable: cierre del bosque y menor apertura del suelo al sol directo y al viento.
3. Menos disturbio y más cuidado manual: la senda drena sin ‘morder’ el borde; menos erosión, más retención, menos suelo perdido.
4. Menos agresión repetida dentro del valle: el líquen, sensible, se beneficia cuando el ciclo del lugar no se rompe una y otra vez.

Esto sincroniza caudal, estaciones y mantenimiento bajo una misma idea rectora: el Donsal se tapiza porque el valle retiene humedad, la sombra sostiene, y el cuidado manual evita la herida que deshace el borde.

4) Pronóstico y cierre: emoción medible (sin grandilocuencia)

Cuando avanza el musgo, no avanza un adorno: avanza un indicador de sostén. Hay más vida pequeña trabajando el suelo, más alimento para insectos, más aves, más continuidad para la polinización en temporada. Un valle con musgo suele ser un valle que retiene, que amortigua, que no se deshace a la primera borrasca.

Y la conclusión no necesita alzar la voz: lo que se hizo en esta década se ve. La senda es hoy más practicable, el borde está más vivo y el Donsal, cuando baja con fuerza, no solo trae agua: trae una confirmación. Que el valle sigue vivo. Y que, en este lugar, las manos cuentan.

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Foto 1 (Apertura). Muller campesiña que vai fiando camiño da feira (Arquivo Walter Ebeling).

Hay lugares donde la Historia pasó con botas —y se fue—, pero el progreso no subió la cuesta.
En 1963, en Os Ancares, había casas a las que no llegaba nada salvo el tiempo: ni carretera, ni electricidad, ni teléfono, ni médico, ni coche propio, ni tractor. Solo la estación que manda y el trabajo que no pregunta.

Eran casas colgadas de una ladera, a más de seis kilómetros de la carretera más próxima. Para salir había que tomar un camino de carro, de rocas y piedra gastada por generaciones, y luego un carreiro a pie, en zigzag, con pendientes que hoy llamaríamos impracticables. Abajo, como frontera natural entre laderas y montañas, un río. Para cruzarlo, un pontigo de madera u hormigón, sostenido por pilares de cemento.

En una de esas casas vivía una familia de labradores. No vivían en la miseria: vivían justos, en una economía de supervivencia. Justos significa que cada día traía su medida exacta de fuerza… y su falta.

Escena 1 — La palleira

Julio. Luz fuera, sombra dentro.
La palleira, de piedra, tenía cubierta de paja y vigas de madera en tijera bajas, casi a la altura de la cabeza. Allí se guardaba lo que iba a decidir si las vacas, los terneros y el asno sobrevivirían al invierno. La herba seca no era paisaje: era futuro.

Trabajaban tres:
— ATAÚLFO, el padre (47);
— ALÉN, el mayor (13);
— GAEL, el segundo (11).

Foto 2 (Trabajo). Aperos y carro tradicional: la vida, a fuerza de brazo.

GAEL descargaba la herba y la metía por un ventanuco lateral, estrecho, de apenas sesenta centímetros. Dentro, ATAÚLFO y ALÉN la recogían a brazadas, la apilaban y la iban estendendo con una galla: una forcada curva de hierro, ya gastada, a la que le faltaban dos dientes.
El trabajo se hacía sin hablar mucho. El cuerpo sabía. Y el silencio también trabajaba.

Escena 2 — El telar al fondo

En la misma palleira, al fondo, había un telar. Con él, PACIENTINA tejía mantas y colchas para la casa.
No era artesanía ni adorno: era una fábrica artesana de abrigo futuro. En aquella economía doméstica, la hierba alimentaba al ganado y el telar protegía a las personas. Todo estaba allí, o en la bodega: comida y calor.

Foto 3 (El lugar). Piedra, paja, madera: arquitectura de supervivencia.

Escena 3 — El segundo

Ya casi habían terminado. La pila de hierba alcanzaba cerca de dos metros, aunque sabían que no llegaría para todo el invierno.

ALÉN se acercó al extremo para rematar con la galla. Para acelerar la tarea dio un paso rápido sobre la cima de la hierba apilada, para coger la galla que había dejado momentos antes.

Resbaló.
Cayó encima de la galla.

El hierro se le clavó en el vientre. Uno de los dientes le alcanzó el tórax. ALÉN, instintivamente, se arrancó el hierro y empezó a sangrar.

Primero se quedó callado. Luego lloró.

La sangre manchó la hierba seca: una mancha roja sobre el alimento del invierno.

El alcance del daño invisible en el tórax y el intestino generó pavor. Dolor y miedo extremo en padres e hijos.

En la montaña, el miedo no se discute: se administra.

Escena 4 — Cuando no hay nada

No había teléfono.
No había coche.
No había carretera.

ATAÚLFO se quedó un segundo inmóvil. Luego reaccionó con intuición rural. En estos lugares no se podía perder tiempo en el pánico. Había que actuar. Ya.

Fueron casa por casa avisando a la vecindad. Se juntaron seis o siete personas. Alguien propuso lo único posible: un somier de cama de madera y alambre, usado como camilla. No había cinturones ni sujeciones. Solo manos, hombres y solidaridad en el socorro.

Vecino: A vida non espera. Imos.

ATAÚLFO: Aguanta, meu neno. Aguanta.

Un tío del chico salió a pie, corriendo, a buscar al médico más próximo, en un pueblo de ribera del municipio de Cervantes. El médico tenía un Citroën “tortuga”, con techo de lona, y la carretera de grava y tierra tampoco permitía más.

Escena 5 — El traslado

Cargaron el somier a hombros. Hombres y dos mujeres se turnaban para ir más rápido.
Tomaron primero el camino de carro, unos cuatro kilómetros, y luego el atajo: el carreiro en zigzag, con pendientes del cuarenta por ciento o más, y un último tramo de camino de carro entre muros de cierre.
El somier se ladeaba. El niño se movía. Había que sujetarlo para que no cayera en cada giro del sendero.

PACIENTINA se quedó en casa con otros hijos y la abuela. Lloraban. Pensaban que el niño no volvería vivo. No era una exageración: en muchos casos no volvían, mayores, parturientas o accidentados.

Foto 4 (Paso). Pontigo sobre el río: geografía que decide.

Escena 6 — La carretera y Lugo

En el enlace con la LU-722 apareció el médico. Auscultó al chico y fue claro, sin rodeos:

Médico: É interno. Aquí non podo facer nada.

Decidieron llevarlo al Hospital de Beneficencia de Lugo, el más próximo. El coche avanzó despacio, primero por la LU-722 y después por la Nacional VI. Ni la carretera ni el vehículo daban para más. Los badenes y los movimientos provocaban un dolor insoportable.

En Lugo intervinieron tres médicos y dos enfermeras. La operación fue urgente. Los cirujanos constataron que una de las perforaciones de la galla en el pecho dio en el hueso y amortiguó el daño: una suerte exacta, milimétrica, que separa la vida de la muerte.

El niño estuvo ingresado nueve días.

Sobrevivió.

Escena 7 — El regreso

Al darle el alta volvió en el coche de línea hasta Cabana. Allí lo esperaba su madre con un asno.
Se abrazaron llorando. De alegría.

Subieron al pueblo con el niño a caballo y la madre tirando del ramal. Por el camino, PACIENTINA le recitaba de memoria pasajes de “Platero y yo” (Juan Ramón Jiménez) y recordaba a Giner de los Ríos. No para enseñar, sino para acompañar; para que el miedo no volviera.
A veces, incluso, para arrancarle una risa que aliviase el dolor de los puntos.

Epílogo — La herida cierra, la memoria queda

Aquel niño volvió al pueblo muchas Navidades después. En verano casi nunca: el trabajo no lo permitía. Estudió, cambió de oficio y, con los años, acabó implicándose en la lucha contra el aislamiento que había marcado su infancia para toda la vida.

Las carreteras llegaron a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa.
La fibra óptica, en 2025.

Esta historia es real. Como muchas otras que no tuvieron el mismo final.
En Os Ancares, durante décadas, la vida se sostuvo así: con manos, memoria y vecindad.

Foto 5 (Cierre). Os Ancares: belleza y dureza en la misma línea del horizonte.

Comentarios Comentarios desactivados en HERIDO. Cine mudo. Os Ancares, 1963. (Versión Blog CyN — lectura pausada)

Antes de que existiera expediente, hubo paso.
Antes de que hubiera nombre oficial, hubo pendiente.

La niebla baja no tapa el camino: lo revela. La piedra mojada guarda memoria. La rodadura antigua no desaparece; se hunde y queda. Aquí el tiempo no corre: se deposita. En Os Ancares las cosas que duran no empiezan en un despacho, empiezan en la tierra, en la sociedad civil.

Todo es como los ríos: obra de las pendientes.

Un día, una mesa de madera sostuvo un mapa. No era un plano; era una decisión. Mirarlo implicaba hacerse cargo. Nadie habló de subvenciones ni de plazos. Se habló de cumplir. Y cuando se cumple, el tiempo cambia de dirección.

Primero, acordar. Después, cumplir.

Las manos llegaron antes que las palabras. Cortar silvas, maleza, apartar árboles y ramas, arrastrar troncos. Un metro. Luego otro. El cansancio no se escondía; enseñaba el método. El camino empezó a existir porque alguien lo sostuvo con el cuerpo.

Llegaron acentos distintos, mochilas, miradas atentas. No se compartía idioma, se compartía gesto. El trabajo se aprendía mirando, observando y trabajando. Señalar una rama. Mostrar una herramienta. Repetir hasta que el gesto trasformara la escultura natural.

No entendíamos el idioma. Entendimos el gesto.

La cocina fue escuela. El horno, taller. La mesa, infraestructura humana. Allí cabían los idiomas sin traducción. No era fiesta: era comunidad funcional. El pan salía. La empanada cerraba. Las manos jóvenes aprendían sin humillación. Las mayores enseñaban sin ruido.

Aquí se molía para vivir.

El monte respondió. Castaños viejos, ouriceiras en el suelo, corredoiras y viejas sendas que guardan historias duras. Antes, enfermar era un viaje cuesta arriba, por el aislamiento. La camilla improvisada avanzaba despacio. El silencio pesaba. El paisaje no era postal: era sistema de vida.

Antes, enfermar era un viaje.

Hubo quien entendió pronto que un camino es arquitectura moral. Hubo método, cuidado, seguridad y responsabilidad. La cultura local no se perdió: se escribió, se cantó, se compartió. Cuando el poder calla, la cultura responde. Y queda.

Cuando el poder calla, la cultura responde.

Pasaron los años y llegó otro silencio: el administrativo. Papeles con solicitudes e invitaciones que esperan. Registros que duermen. Mientras tanto, el cuerpo seguía en movimiento. Limpiar en verano y en invierno. Mantener en Navidad. La hierba, la maleza y la caída de árboles no entienden de calendarios ni respuestas oficiales, que no llegan.

Aquí la Navidad es mantenimiento.

También hubo un trabajo invisible: documentar, archivar, traducir, contar. Porque lo que no se cuenta, no existe. Y el camino existía: en huellas repetidas, mapas doblados, en notas de prensa que no vieron la luz y en documentos que quedaron sin respuesta ni espacio público. La ausencia también deja rastro.

Un camino existe cuando alguien lo camina.

Llegaron reconocimientos. No como trofeo, sino como constancia de comprensión exterior. Y llegaron las ausencias. Menos manos. Más carga. El silencio también pesa cuando no responde nadie.

El silencio también es un hecho.

El agua siguió. El río no discute: continúa. Algunos regresaron años después. Miraron el mismo punto. No explicaron nada. No hacía falta. Aquí quedaron cosas.

Algunos regresan porque aquí quedaron.

El mismo encuadre del inicio vuelve ahora. La corredoira es transitable sin perder alma. El tiempo se ve por comparación. No hay final feliz. Hay deber.

No es final. Es deber.

En Os Ancares el tiempo se mide por pendientes.
Y en ese reloj hubo quien no miró para otro lado.

Este relato fue publicado inicialmente en Facebook y forma parte de una serie de guiones de cine mudo sobre la memoria rural de Os Ancares.

Comentarios Comentarios desactivados en OBRA DE LAS PENDIENTES: Una película sin sonido en Os Ancares (cine mudo)

Dicen que la Navidad se anuncia con campanas.
Aquí se anunció con otra música:
el crujido de la hoja mojada bajo los pies,
la respiración lenta del bosque,
el río humedeciendo el musgo y el líquen,
y —dentro— una lareira que no presume:
arde.
Y cuando arde, habla.

No es un cuento.

Es un lugar real que, durante siglos, sostuvo vida a pulso:
inviernos largos,
silencios aún más largos,
trabajo sin épica
y dignidad sin nombre.

Y, sin embargo, desde 2010 ocurrió algo poco frecuente:
cuando todo invitaba a la ruina administrada,
al abandono con coartada,
hubo manos que reescribieron el guion.
No por milagro.
Por constancia.

Piedra y paso.
Senda y señal.
Memoria en uso,
uso con sentido.

La realidad cambió.
Y con ella cambió también
lo que hoy se le puede exigir a la tierra…
y a las instituciones.

Esta noche —Nochebuena o su espíritu—
no hay coro.
Hay
cinco voces alrededor del fuego.

LA SENDA

(con barro en los bordes y hoja de carballo pegada a la suela)

Yo no soy un dibujo en un folleto.
Soy camino vivo.
Si me limpian, conduzco.
Si me cuidan, devuelvo sentido.
Si me abandonan, devuelvo a la gente
a la cuneta lenta del olvido.

Con el tiempo aprendí algo sencillo:
cuando un camino se recupera,
recupera también
a quien lo pisa.

Y eso no es turismo.
Es dignidad.

EL RÍO

(sin alzar la voz, porque no la necesita)

A mí me prometieron planes,
programas,
competencias.
Yo seguí pasando.

He visto la grandeza y la negligencia,
el cuidado pequeño —el verdadero—
y la excusa grande —la que se firma y se olvida—.

No me preguntéis si creo en discursos.
Preguntadme si creo en los hechos.

Los hechos dejan la orilla limpia
o la dejan tomada.

LA FERVENZA

(cae como una verdad que no pide permiso)

Yo caigo porque no sé hacer otra cosa.
Caigo y, al caer, recuerdo.

Recordar no es nostalgia:
es control.

Cuando todo se vuelve propaganda,
la caída del agua pone medida:
lo que se hace bien resiste;
lo que se hace para la foto,
se desmorona.

A mí no me conmueven las palabras bonitas.
Me conmueve que alguien vuelva.

EL CANDIL

(luz justa, sin teatro)

Yo alumbré antes de los enchufes
y antes de la prisa.
Mi luz era poca, sí,
pero honrada.

Hoy sobra iluminación,
sobra ruido,
y falta claridad.

No hablo de lámparas.
Hablo de información,
de transparencia,
de respeto.

Un pueblo puede vivir con poco,
pero no puede vivir con mentira.

La luz verdadera no humilla:
orienta.

LA LAREIRA

(piedra antigua, hierro gastado, humo que fue familia)

Yo no soy decoración.
Soy acta.

Aquí se calentó el cuerpo
y se sostuvo el ánimo.

Aquí se tomaron decisiones sin micrófonos:
cuidar,
reparar,
compartir,
resistir.

Y hoy, en esta Navidad, digo lo que muchos callan:
conservar sin presupuesto estable es heroico;
abandonar con presupuesto
es vergonzoso.

Que nadie confunda la paciencia del rural con resignación.
La paciencia es memoria larga.
Y la memoria larga, cuando se organiza,
termina siendo exigencia.

Silencio.

Afuera el bosque sigue.
Adentro el fuego no aplaude:
vigila.

Y en esa vigilancia humilde hay una promesa:
que el territorio no es un decorado;
es un sujeto.

Que Os Ancares no es un “recurso”;
es una
responsabilidad.

Y que la Navidad, aquí,
no es consumo:
es una forma de mirar el mundo
sin perder la raíz.

Si alguien pregunta qué cambió desde 2010,
no respondáis con eslóganes.
Enseñadle un tramo cuidado,
una orilla viva,
una señal en su sitio,
una piedra rehecha,
un paso recuperado.

Y decidle, sin gritar:

Esto no lo hizo la niebla.
Lo hizo la constancia.

CyN — Auto de Nadal en Quintá de Cancelada.

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