Foto 1 (Apertura). Muller campesiña que vai fiando camiño da feira (Arquivo Walter Ebeling).

Hay lugares donde la Historia pasó con botas —y se fue—, pero el progreso no subió la cuesta.
En 1963, en Os Ancares, había casas a las que no llegaba nada salvo el tiempo: ni carretera, ni electricidad, ni teléfono, ni médico, ni coche propio, ni tractor. Solo la estación que manda y el trabajo que no pregunta.

Eran casas colgadas de una ladera, a más de seis kilómetros de la carretera más próxima. Para salir había que tomar un camino de carro, de rocas y piedra gastada por generaciones, y luego un carreiro a pie, en zigzag, con pendientes que hoy llamaríamos impracticables. Abajo, como frontera natural entre laderas y montañas, un río. Para cruzarlo, un pontigo de madera u hormigón, sostenido por pilares de cemento.

En una de esas casas vivía una familia de labradores. No vivían en la miseria: vivían justos, en una economía de supervivencia. Justos significa que cada día traía su medida exacta de fuerza… y su falta.

Escena 1 — La palleira

Julio. Luz fuera, sombra dentro.
La palleira, de piedra, tenía cubierta de paja y vigas de madera en tijera bajas, casi a la altura de la cabeza. Allí se guardaba lo que iba a decidir si las vacas, los terneros y el asno sobrevivirían al invierno. La herba seca no era paisaje: era futuro.

Trabajaban tres:
— ATAÚLFO, el padre (47);
— ALÉN, el mayor (13);
— GAEL, el segundo (11).

Foto 2 (Trabajo). Aperos y carro tradicional: la vida, a fuerza de brazo.

GAEL descargaba la herba y la metía por un ventanuco lateral, estrecho, de apenas sesenta centímetros. Dentro, ATAÚLFO y ALÉN la recogían a brazadas, la apilaban y la iban estendendo con una galla: una forcada curva de hierro, ya gastada, a la que le faltaban dos dientes.
El trabajo se hacía sin hablar mucho. El cuerpo sabía. Y el silencio también trabajaba.

Escena 2 — El telar al fondo

En la misma palleira, al fondo, había un telar. Con él, PACIENTINA tejía mantas y colchas para la casa.
No era artesanía ni adorno: era una fábrica artesana de abrigo futuro. En aquella economía doméstica, la hierba alimentaba al ganado y el telar protegía a las personas. Todo estaba allí, o en la bodega: comida y calor.

Foto 3 (El lugar). Piedra, paja, madera: arquitectura de supervivencia.

Escena 3 — El segundo

Ya casi habían terminado. La pila de hierba alcanzaba cerca de dos metros, aunque sabían que no llegaría para todo el invierno.

ALÉN se acercó al extremo para rematar con la galla. Para acelerar la tarea dio un paso rápido sobre la cima de la hierba apilada, para coger la galla que había dejado momentos antes.

Resbaló.
Cayó encima de la galla.

El hierro se le clavó en el vientre. Uno de los dientes le alcanzó el tórax. ALÉN, instintivamente, se arrancó el hierro y empezó a sangrar.

Primero se quedó callado. Luego lloró.

La sangre manchó la hierba seca: una mancha roja sobre el alimento del invierno.

El alcance del daño invisible en el tórax y el intestino generó pavor. Dolor y miedo extremo en padres e hijos.

En la montaña, el miedo no se discute: se administra.

Escena 4 — Cuando no hay nada

No había teléfono.
No había coche.
No había carretera.

ATAÚLFO se quedó un segundo inmóvil. Luego reaccionó con intuición rural. En estos lugares no se podía perder tiempo en el pánico. Había que actuar. Ya.

Fueron casa por casa avisando a la vecindad. Se juntaron seis o siete personas. Alguien propuso lo único posible: un somier de cama de madera y alambre, usado como camilla. No había cinturones ni sujeciones. Solo manos, hombres y solidaridad en el socorro.

Vecino: A vida non espera. Imos.

ATAÚLFO: Aguanta, meu neno. Aguanta.

Un tío del chico salió a pie, corriendo, a buscar al médico más próximo, en un pueblo de ribera del municipio de Cervantes. El médico tenía un Citroën “tortuga”, con techo de lona, y la carretera de grava y tierra tampoco permitía más.

Escena 5 — El traslado

Cargaron el somier a hombros. Hombres y dos mujeres se turnaban para ir más rápido.
Tomaron primero el camino de carro, unos cuatro kilómetros, y luego el atajo: el carreiro en zigzag, con pendientes del cuarenta por ciento o más, y un último tramo de camino de carro entre muros de cierre.
El somier se ladeaba. El niño se movía. Había que sujetarlo para que no cayera en cada giro del sendero.

PACIENTINA se quedó en casa con otros hijos y la abuela. Lloraban. Pensaban que el niño no volvería vivo. No era una exageración: en muchos casos no volvían, mayores, parturientas o accidentados.

Foto 4 (Paso). Pontigo sobre el río: geografía que decide.

Escena 6 — La carretera y Lugo

En el enlace con la LU-722 apareció el médico. Auscultó al chico y fue claro, sin rodeos:

Médico: É interno. Aquí non podo facer nada.

Decidieron llevarlo al Hospital de Beneficencia de Lugo, el más próximo. El coche avanzó despacio, primero por la LU-722 y después por la Nacional VI. Ni la carretera ni el vehículo daban para más. Los badenes y los movimientos provocaban un dolor insoportable.

En Lugo intervinieron tres médicos y dos enfermeras. La operación fue urgente. Los cirujanos constataron que una de las perforaciones de la galla en el pecho dio en el hueso y amortiguó el daño: una suerte exacta, milimétrica, que separa la vida de la muerte.

El niño estuvo ingresado nueve días.

Sobrevivió.

Escena 7 — El regreso

Al darle el alta volvió en el coche de línea hasta Cabana. Allí lo esperaba su madre con un asno.
Se abrazaron llorando. De alegría.

Subieron al pueblo con el niño a caballo y la madre tirando del ramal. Por el camino, PACIENTINA le recitaba de memoria pasajes de “Platero y yo” (Juan Ramón Jiménez) y recordaba a Giner de los Ríos. No para enseñar, sino para acompañar; para que el miedo no volviera.
A veces, incluso, para arrancarle una risa que aliviase el dolor de los puntos.

Epílogo — La herida cierra, la memoria queda

Aquel niño volvió al pueblo muchas Navidades después. En verano casi nunca: el trabajo no lo permitía. Estudió, cambió de oficio y, con los años, acabó implicándose en la lucha contra el aislamiento que había marcado su infancia para toda la vida.

Las carreteras llegaron a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa.
La fibra óptica, en 2025.

Esta historia es real. Como muchas otras que no tuvieron el mismo final.
En Os Ancares, durante décadas, la vida se sostuvo así: con manos, memoria y vecindad.

Foto 5 (Cierre). Os Ancares: belleza y dureza en la misma línea del horizonte.

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