Dicen que la Navidad se anuncia con campanas.
Aquí se anunció con otra música:
el crujido de la hoja mojada bajo los pies,
la respiración lenta del bosque,
el río humedeciendo el musgo y el líquen,
y —dentro— una lareira que no presume:
arde.
Y cuando arde, habla.

No es un cuento.

Es un lugar real que, durante siglos, sostuvo vida a pulso:
inviernos largos,
silencios aún más largos,
trabajo sin épica
y dignidad sin nombre.

Y, sin embargo, desde 2010 ocurrió algo poco frecuente:
cuando todo invitaba a la ruina administrada,
al abandono con coartada,
hubo manos que reescribieron el guion.
No por milagro.
Por constancia.

Piedra y paso.
Senda y señal.
Memoria en uso,
uso con sentido.

La realidad cambió.
Y con ella cambió también
lo que hoy se le puede exigir a la tierra…
y a las instituciones.

Esta noche —Nochebuena o su espíritu—
no hay coro.
Hay
cinco voces alrededor del fuego.

LA SENDA

(con barro en los bordes y hoja de carballo pegada a la suela)

Yo no soy un dibujo en un folleto.
Soy camino vivo.
Si me limpian, conduzco.
Si me cuidan, devuelvo sentido.
Si me abandonan, devuelvo a la gente
a la cuneta lenta del olvido.

Con el tiempo aprendí algo sencillo:
cuando un camino se recupera,
recupera también
a quien lo pisa.

Y eso no es turismo.
Es dignidad.

EL RÍO

(sin alzar la voz, porque no la necesita)

A mí me prometieron planes,
programas,
competencias.
Yo seguí pasando.

He visto la grandeza y la negligencia,
el cuidado pequeño —el verdadero—
y la excusa grande —la que se firma y se olvida—.

No me preguntéis si creo en discursos.
Preguntadme si creo en los hechos.

Los hechos dejan la orilla limpia
o la dejan tomada.

LA FERVENZA

(cae como una verdad que no pide permiso)

Yo caigo porque no sé hacer otra cosa.
Caigo y, al caer, recuerdo.

Recordar no es nostalgia:
es control.

Cuando todo se vuelve propaganda,
la caída del agua pone medida:
lo que se hace bien resiste;
lo que se hace para la foto,
se desmorona.

A mí no me conmueven las palabras bonitas.
Me conmueve que alguien vuelva.

EL CANDIL

(luz justa, sin teatro)

Yo alumbré antes de los enchufes
y antes de la prisa.
Mi luz era poca, sí,
pero honrada.

Hoy sobra iluminación,
sobra ruido,
y falta claridad.

No hablo de lámparas.
Hablo de información,
de transparencia,
de respeto.

Un pueblo puede vivir con poco,
pero no puede vivir con mentira.

La luz verdadera no humilla:
orienta.

LA LAREIRA

(piedra antigua, hierro gastado, humo que fue familia)

Yo no soy decoración.
Soy acta.

Aquí se calentó el cuerpo
y se sostuvo el ánimo.

Aquí se tomaron decisiones sin micrófonos:
cuidar,
reparar,
compartir,
resistir.

Y hoy, en esta Navidad, digo lo que muchos callan:
conservar sin presupuesto estable es heroico;
abandonar con presupuesto
es vergonzoso.

Que nadie confunda la paciencia del rural con resignación.
La paciencia es memoria larga.
Y la memoria larga, cuando se organiza,
termina siendo exigencia.

Silencio.

Afuera el bosque sigue.
Adentro el fuego no aplaude:
vigila.

Y en esa vigilancia humilde hay una promesa:
que el territorio no es un decorado;
es un sujeto.

Que Os Ancares no es un “recurso”;
es una
responsabilidad.

Y que la Navidad, aquí,
no es consumo:
es una forma de mirar el mundo
sin perder la raíz.

Si alguien pregunta qué cambió desde 2010,
no respondáis con eslóganes.
Enseñadle un tramo cuidado,
una orilla viva,
una señal en su sitio,
una piedra rehecha,
un paso recuperado.

Y decidle, sin gritar:

Esto no lo hizo la niebla.
Lo hizo la constancia.

CyN — Auto de Nadal en Quintá de Cancelada.

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